December 23, 2008

Cine nacional septiembre-noviembre 2008

Muchos estrenos, poco cine


Al margen del predecible resultado de sus taquillas (todas juntas no llegaron siquiera a los 250 mil espectadores), el saldo artístico del boom de estrenos de películas nacionales (5 en 63 días) dejó mucho que desear. A continuación un recuento crítico de las mismas.

Por Diego Cabrera



Vidas Paralelas nos remite a Paloma de papel y lamentablemente no solo por su desafortunado, por no decir discriminatorio, casting. ¿Acaso no existen en nuestro medio actores serranos —porque ahí es donde ocurren principalmente las acciones del relato y de ahí se supone que son oriundos los protagonistas— capaces de encarnar senderistas, o sea de recitar proclamas irracionales, poner cara de malo y fintear con una metralleta en la mano en frente a cámaras?

Y es que al igual que el primer largometraje de Fabricio Aguilar, la ópera prima de Rocío Llado y el ejército peruano —la producción corrió por cuenta de dicha institución castrense y de la Universidad Alas Peruanas— presenta una visión maniquea y primariosa de los años más agitados del terrorismo a través de la historia de Felipe (Oscar López Arias) y Sixto (Renzo Schuller), dos amigos de infancia que por cosas del destino tienen que tomar caminos antagónicos en la vida: el primero sirviendo a la patria en las fuerzas armadas y el segundo combatiéndola como senderista.

A contraparte de su “holgado” presupuesto (más de medio millón de dólares), Vidas Paralelas es pobre en ideas, puesto que se limita a reproducir en imágenes cuasi televisivas lo que la conciencia militar le dicta. De ahí que sus estrepitosas elipsis, sus abruptos giros narrativos, sus increíbles amoríos, sus pobres actuaciones, el curioso bronceado de la camarada Bertha (Jimena Lindo) y en especial las transformaciones físicas a lo Michael Jackson que experimentan sus protagonistas entre la niñez y la adultez sean más motivo de risa que de disgusto al lado de la solemnidad de su discurso.

Es hasta cierto punto entendible, o en todo caso predecible, que los miembros del ejército “cierren filas” respecto a los excesos que algunos de sus miembros cometieron en nombre del Estado de Derecho durante la época del terrorismo; lo intolerable es que pretendan exculparse en pantalla grande, a nivel nacional y a expensas de la encomiable labor de la CVR.

Menos detestable es la última película de Francisco Lombardi, no obstante el indescifrable humor del Capitán Burdeles (Gustavo Bueno). El director tacneño tuvo que reciclar una de sus mejores trabajos para reflotar su carrera luego de los desastrosos saldos artísticos de Ojos que no ven (2006) y Mariposa Negra (2003). Pero Un cuerpo desnudo no es Los amigos, así se le quiera parecer.



Si bien la puesta en escena es similar en su condición intimista (la trama se desarrolla en ambientes claustrofóbicos donde se dan lugar situaciones límite que, con el correr de los minutos, a medida que el alcohol toma mayor protagonismo, harán que los personajes pierdan los papeles)y en su dramaturgia (Lombardi vuelve a apostar por el talento interpretativo de sus actores más que por la construcción de un argumento sólido), los temas tratados son prácticamente los mismos (el machismo, la sexualidad frustrada y el sexo como mercancía capaz de aplacar el deseo, las relaciones amicales y su relación con el alcohol) y la mayoría de los actores convocados son —tal como en el episodio de Cuentos inmorales (1978) que le sirve de modelo— debutantes o poco conocidos en el medio que salen airosos de su primera experiencia (tal es así que más allá de las performances de Haysen Percovich y José Miguel Arbulú, quien se lleva todas las palmas es la imperturbable Carla Ballenas y su cuerpo, quien aquí realiza la mejor interpretación femenina de la filmografía de nuestro más afamado realizador), Un cuerpo desnudo toma distancia de Los amigos por su afán exhibicionista y su apuesta por el absurdo.

El detonante del drama, el cuerpo inerte de una mujer, es el pretexto perfecto para descubrir innecesariamente una fisonomía demasiado armoniosa, casi quirúrgica, que se contrasta con la flacidez, delgadez y adiposidad del conjunto de fisgones que la merodean sigilosamente como tiburones a su presa. En ese sentido, la película se emparenta con recientes exponentes fílmicos del calateo indiscriminado, como Django (2002), Mañana te cuento (2005) y su infame secuela (2008).

Pero la sin razón no solo tiene que ver con la desnudez de la mujer que le da el título a la película, sino también con las reacciones que esta suscita entre sus ‘cuidadores’. Los cuatro amigos que se reúnen una vez al mes para tomar pisco y jugar al póker mientras conversan de “la vida” permanecerán fieles a su ritual, a pesar de que en la sala de la casa donde se jaranean yace el cuerpo inerte de la amante de uno de ellos. Salvo el “doctore” (Gonzalo Torres en un papel demasiado dramático para su registro), una versión locuaz de “el mudo” León de Los amigos, los otros tres compañeros actúan motivados por un machismo primitivo que los lleva a no inmutarse de la ‘condición’ de la mujer. Nada se corresponde con la situación que se ven obligados a afrontar, ni sus diálogos poco naturales, ni sus violentos ademanes, ni sus miradas perdidas, ni sus ánimos lúdicos ni mucho menos su lamentable desenlace.



El caso de Pasajeros es diferente. De hecho, sin ser una buena película, es el estreno nacional más destacable del año, algo así como lo que fue Muero por Muriel el año pasado.

El primer largometraje de Andres Cotler vira la mirada hacía los márgenes y los sueños de papel de sus protagonistas. Jano (Pietro Sibille demostrando una vez más que lo suyo son los personajes balbucientes y trogloditas) y Martín (Marcello Rivera) son dos amigos que anhelan marcharse a los Estados Unidos en busca de mejores oportunidades. Allí pretenden alcanzar a un tercer socio que se les adelantó, luego de una desgracia que llevó a la cárcel a Jano.
Cotler es relativamente puntilloso en la contextualización del universo marginal de su pareja protagónica. Los espacios por los que deambulan lucen abigarrados, sucios y descuidados como sus propias vidas. Pero lo es aún más cuando se adentra en los territorios lumpen de sus personajes secundarios, el Gua Gua, el Mudo y Pedro Hidalgo (Eduardo Cesti interpretando a un despojo humano que irónicamente le insufla vida a la película). Es entre la humareda subterránea que emana del PBC que un grupo de artistas malditos consumen, o en la cotidianidad criminal de un grupo de delincuentes de poca monta y menos dignidad donde se descubren códigos particulares, distantes del lugar común y de cualquier estereotipo relacionado a la sociedad peruana y norteamericana.

En cambio, el interés se pierde cuando el director se aleja de ese submundo que contrasta los ideales de sus (anti)héroes, para presentarnos un romance automático, como el de Martín y Estela (Mónica Sánchez como una prostituta con vocación de monja de la cual se pudo prescindir sin afectar mayormente la trama), una amistad que, si bien se sustenta en la filiación artística, tiene un origen “atropellado” e increíble, como la de Martín y Pedro, escenas de acción en exceso nerviosas y algo efectistas, como las encarnadas hacia el final por Jano, y resoluciones que se apuran con fines parabólicos.



La propuesta de Josué Méndez en Dioses se encuentra a las antípodas de la de Cotler en Pasajeros, puesto que en ella todo es más refinado, desde los rasgos físicos de sus personajes hasta las lujosas residencias que estos habitan pasando por el suculento argumento que ponen en escena. Pero no nos engañamos. Más que a Días de Santiago, el sobre valorado largometraje debut de Méndez, la autodenominada “película peruana más esperada de los últimos años” se parece a un capitulo extendido y mejorado de la miniserie “Esta Sociedad”.

La historia pretende develar el mundo de plástico en el que viven las personas que forman parte de la alta sociedad de Lima, por medio de las mirada atónitas de Elisa (Maricielo Effio en el, hasta ahora, rol de su vida), una sensual arribista que hará todo lo posible para no desentonar en un entorno que le es totalmente ajeno, y Diego (Sergio Gjurinovic), un adolescente con las hormonas revueltas a causa de su bella hermana (Anahí de Cárdenas en el papel de siempre), que vive atormentado por un padre castrante (Edgar Saba personificando al típico patriarca machista y retrogrado del cine peruano: vociferante, vulgar y bigotudo).

Lo que se quiere, entonces, es establecer una dialéctica entre dos caracteres de distinto sexo, origen y condición que quieren trocar sus roles, entre dos sectores, dominantes y dominados, que se contraponen. Por eso las empleadas se muestran cariñosas, comprensivas, al punto que se dejan manosear con tal de no poner en riesgo su “privilegiada” posición laboral, y cuando quieren decir las cosas sin pelos en lengua lo hacen en quechua, de manera que nadie las entiende; y los patrones son en su mayoría hedonistas, libertinos y decadentes. De ahí que Méndez proponga como única salida para el laberinto social que apremia a Elisa y a Diego la identificación mutua, un ponerse en los zapatos del otro literal, así sea necesario subrayar el contraste desde un tugurio en la periferia o desde una mansión en off en Miami.



A diferencia de Dioses, el maniqueísmo no es precisamente lo que caracteriza a El Acuarelista, primera incursión del reputado cortometrajista Daniel Ró en la pantalla grande, sino el trazo grueso o mejor dicho el descuido en el trazo. Esto resulta sobremanera curioso, dado que se trata de una producción de larga data. Pareciera que en esos cinco años que tardó en concretarse al director se le extraviaron algunas hojas del guión y tuvo que improvisar personajes, como el del deportista lisiado que tiene un ligero parecido al actor argentino Guillermo Francella, el cual por su caprichosa aparición nos hace recordar al ya antológico arquero de El bien esquivo.

A su favor podemos decir que hay buenas intenciones. De hecho su discurso sobre el arte es conmovedor y su factura técnica es impecable. El problema es que las acuarelas que con ansias desea pintar el buenote de “T” (Miguel Iza en la piel de un personaje que es todo lo contrario del de Eduardo Cesti en Pasajeros) son, como la propia película, una entelequia a causa de sus buenos vecinos. La galería de espantajos que desfilan frente a nosotros a lo largo del metraje es realmente apabullante. No solo eso. El acuarelista carece de plot, dado que se trata de una sucesión de sketchs irresueltos incapaces de generar cualquier tipo de empatía con el espectador, de provocarle una sonrisa sincera en vez de un rictus apático.

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