March 11, 2009

LA VIDA SOÑADA DE LOS ÁNGELES
Ir conociendo a las protagonistas, en medio de varias revelaciones, parece ser la tarea provocadora e inacabable de La vida soñada de los ángeles (Erick Zonca, 1998), película que, a lo largo de casi dos horas, nos va abriendo el panorama de la psicología de Isa y Marie, nos muestra sus manías, sus penas, sus sueños, sus almas, y nos termina mostrando a personajes totalmente distintos de los que conocimos al comienzo del filme.

A Isa la conocemos primero, y ella es casi como a una clochard que no tiene nada que hacer ni un lugar donde asentarse; no cabe en ningún lugar del mundo y menos en Lille, ciudad donde ha llegado después de las peripecias de un pasado que no conocemos. Sabemos que no tiene futuro, y que debe ir trazándose su propio camino improvisado, frágil, espontáneo, por la vida, y esperar que venga un milagro a salvarla y darle la vida que desea. Un look descuidado –para el estándar francés–, un casi constante consumo de marihuana y una cicatriz en la ceja nos advierten de un pasado decadente, cosa que no ocurre tanto con el otro personaje que conocemos. Aunque las apariencias engañan.

Marie puede parecer más reservada, parece que no tomaría tantos riesgos, es más callada; su cara atribulada, que le da una cierta elegancia que Isa no tiene, puede desorientarnos con respecto a lo que vendrá después…Será una cadena de sorpresas y revelaciones, de ir descubriendo gradualmente frente a quiénes estamos. Lo descubrimos con calma y sin adornos, sin pompa, sin música innecesaria, solamente con el ruido de la calle, con los pasos de las personas, con las voces.

La extroversión de Isa, su característica más descollante al comienzo –al final sería la sensibilidad–, llevará a las dos a encontrarse –luego de una jornada en un taller de tejidos, que sería el primero de varios mortecinos empleos que les servirán para sobre llevar el día a día– y a iniciar una entrañable amistad, que las hará confidentes, cómplices, aliadas, al punto que uno mismo, tambaleante porque nunca se sabe qué sorpresa ocurrirá, puede llegar a esperar que haya algún episodio homoerótico entre las dos.

Una irrupción, casi a mediados de la película, cambiará todo el desarrollo de la historia, una manzana de la discordia, que traerá discrepancias entre las dos y que acentuará la complejidad del carácter de Marie, que no parece ser, después de todo, la muchacha veinteañera y apocada que parece ser al principio.

Isa y Marie parecen como dos caras de la misma moneda; su esencia es la misma, las dos son jóvenes proletarias que desean una vida mejor, una vida que nunca obtienen. Y las dos parecen, hacia el final, ser similares a como era su contraparte al inicio. Isa, con el paso del tiempo, con las visitas a una desconocida que se encuentra en la clínica en estado comatoso, va adquiriendo la serenidad, la reflexión y el aplomo que Marie mostraba al comienzo. Marie, por el contrario, se va pareciendo más y más a la imagen que uno hubiera tenido de Isa al comienzo: abierta, comunicativa, desenfrenada, valiente, inestable. El hombre que irrumpe en la vida de Marie, después de librarla de problemas por el robo de una casaca en una tienda de lujo, pasa de ser un defensor a ser una suerte de anticristo, un personaje que se aparece como un salvador al comienzo, pero que resulta ser un parásito, un catalizador que desencadenará el fatídico final.

Uno se puede imaginar qué es lo que tiene Isa, que no posee Marie, y que fue determinante para que el filme terminará de la forma que lo hizo: tal vez algo de humanidad, algo de eso que la hace agradable a las personas, sangre ligera mezclada con sensibilidad y compresión. Es por esa comprensión que llega a vincularse tanto con la pobre Sandrine, hasta llegar a visitarla y preocuparse por ella, sin conocerla. No es egoísta. Marie sí lo es, al parecer, y ese es su error: tener menos escrúpulos. Todo esto nos recuerda que uno no puede juzgar a un libro por su tapa; que, detrás de esa tez blanca, ese pelo rubio y esa expresión vacía, de no matar ni una mosca, Marie esconde una agresividad silenciosa. Ésta es evidente cuando explota y se pelea con aquella otra rubia en el bar. Ella tiene ese carácter. Sólo así se explican las decisiones que toma; como la última, que casualmente la toma, callada, a pocos metros de Isa, como si hubiera decidido que ya no hay un lugar donde buscar la vida que tanto añora.
(César Pancorvo)

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