March 11, 2009

El Indiscreto encanto de la burguesía: Rostros (Faces, 1968)


En mayo del año pasado, se cumplieron 40 años del estreno de Rostros; en febrero de este 2009, se cumplieron 20 años de la muerte de su director, el genial John Cassavetes. El que sigue es un breve comentario sobre tal película, sin duda, uno de los íconos más importantes del llamado cine independiente.

Por Diego Cabrera

En 1968, lejos del turbulento ambiente que rondaba las aulas parisinas, John Cassavetes inició su propia revolución, una en la que reconfiguró, para siempre, la forma de ver y hacer cine. Luego de su frustrado paso por Hollywood y casi una década después de su primera incursión tras las cámaras, estrenaba su cuarta película, pero sabía que en realidad se trataba de la primera. Y es que recién en Rostros el llamado “padre del cine independiente” era por primera vez consciente de su arte, de su envergadura, alcance y utilidad.

Rostros fue mucho más que la revancha de un cineasta que empezó su carrera decidido a insuflarle vitalidad a la pantalla grande por medio de relatos auténticos, despojados de cualquier artificio que los pueda alejar de la realidad, pero que aún no estaba seguro de cómo hacerlo. De ahí que Sombras, su ópera prima, haya sido, antes que nada, un experimento (“una improvisación”), en el cual lo inesperado de la existencia se ponía de manifiesto, mientras que el proceso de gestación de sus dos siguientes películas (Too late blues y Ángeles sin paraíso), veto de Hollywood incluido, no hizo otra cosa que reafirmar sus convicciones.

A partir de la historia de una pareja en crisis que se resiste a renunciar a la comodidad y a las apariencias, pese a que en sus entrañas se cocina un intenso deseo de liberación, el también protagonista de El bebe de Rosemary se acerca con minuciosidad, pero sobre todo con perversidad, a los rostros de burgueses norteamericanos que viven pegados a un antifaz. Es a través de esas caras granuladas que casi se pueden palpar, de sus muecas irónicas, sus risas mentirosas y sus discursos triviales, pero también de sus cuerpos, que danzan zigzagueantes en derredor de la infelicidad, y de la cruda forma en la que son presentados, que Cassavetes introdujo, como ninguno de sus colegas antes lo había hecho, la vida en el cine norteamericano. En ese logro, más que en la proeza de su factura, reside la inmortalidad de esta película.

Rostros, por último, significó varios triunfos en simultáneo: el de lo artesanal frente a lo industrial; el de un modelo alternativo, viable y creativo, frente a uno estandarizado, costoso y poco imaginativo; el de un método de actuación particular e instintivo, sobre uno hegemónico y psicologista; el de la honestidad por encima del cálculo y lo prefabricado; el del compromiso existencial frente al oportunismo mercantilista.

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